Procesos de sanación personal y familiar

Por Ghada Amanda Strätker

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Respiro conscientemente, relajo mi cuerpo, vacío mi mente y cierro mis ojos. Ahora es tiempo de introspección, de relacionarme conmigo. Estoy dispuesto de mirar quien soy y todo lo que quiero sanar y cambiar en mi vida. Teniendo el valor de mirar mí ser de sombras y mi ser de luz. Intenciono transformar lo que me sigue lastimando y limitando en mi vida. Me encargo de una de las causas de mi malestar, que a veces sube a la superficie y me llama la atención.

Desde mi herida actual buscaré la herida original. Allí encuentro el tema de mi familia. Observo mis acciones con objetividad y exactitud. Me doy cuenta que a veces no son constructivas. Son tantas emociones que de allí surgen y explotan y me impulsan a reaccionar. Comprendo que las acciones en verdad son reacciones. Como me siento lastimado, justifico mis reacciones. A veces me escapo físicamente de las situaciones por su intensidad de dolor, o estando allí, estando ausente mentalmente o cerrando mi corazón. Cerrando puertas y comunicaciones hacia los miembros de familia, ignorando que en el mismo tiempo me cierro hacia mí mismo. Me engaño, estoy atrapada en estos sentimientos, que no sé de donde surgen. No sé cómo manejar estas reacciones emocionales, por eso cierro las ventanas hacia mi propia alma.

Es una ilusión que las otras personas puedan remediar y llenar nuestro vacío espiritual. Las crisis existenciales son personales. No usaremos a los demás, ni cultivaremos dependencias insanas. Respetaremos sus caminos, su libre albedrío, sus preferencias y sus caídas. Nos liberaremos de los nudos de lazos dañinos, que nos sofocan y limitan. Acepto mi crisis, enfrentando el vacío que siento como mi realidad. El vacío es un exilio de nuestra alma. Los demás de mi familia no pueden llenarlo, ni responsabilizarse. Yo mismo me estabilizo, me centro, me encuentro en este viaje por la vida. Mi familia es testigo de experiencias pasajeras, de los aprendizajes como acompañantes de nuestro desarrollo diferente al suyo. Son referentes por vida, son un marco que nos contiene. Vivo lo que es nuevo para mí y ellos eligen su propio enfoque.

En el fondo esperamos más comprensión de la familia, sentir su amor o aprobación. Llegamos al propio límite cuando no recibimos respuestas a nuestras expectativas y nos mentimos de no tener estas necesidades. Y lo que cosecho de mi actitud, por sorpresa mía, es un propio daño en forma de autodestrucción. La vida me enseña que las elecciones que hice y me afecta ahora, son sufrimientos en forma de enfermedades, accidentes, conflictos emocionales o crisis laborales etc

Esta preocupación, carga, contracción, bloqueo, rigidez o nudo desde la dimensión mental o emocional me afecta. Cuando ya me decido que he sufrido suficientemente y prefiero cambiar deseando iniciar un trabajo interior, me dispongo dispuesto de abrir mis puertas internas. Respiro y visualizo que estoy listo para comunicarme conmigo mismo. Comienzo a entender que soy parte de esta historia, este drama, y me perdono. Salgo de la postura y el sentimiento de ser víctima, de la idea de quejarme y culpar a los demás. Mi prioridad es reflexionar y ver que mis reacciones eran decisiones inconscientes. Por ejemplo actúo desde mi instinto de pelear, detenerme en dudas, pasividad y apatía o reacciono escapándome. Con mi pensar devalúo a mi familia y a la vez a mí mismo. Me desprendo de mi impulso de juzgar a los demás, que sean incompetentes en su función.

La seguridad emocional y seguridad económica que mayormente recibimos en una familia nos contiene en nuestra estructura psicológica. Si salimos de esta oportunidad, por dramas que creamos en conjunto con nuestra familia, acontece una fragmentación en nuestra familia. En esta situación también se fragmente nuestro yo.
Esta separación de mi misma me roba mi autoestima, mi poder innato, mi seguridad espiritual. Es una separación de la fuente universal, que me quiere apoyar y contener. Ella es reflejo de mi pertenencia familiar. Somos seres espirituales que se separan de este modo de su origen de luz y amor incondicional. En nuestra lucha familiar nos separamos de nuestro origen, de lo que nos nutre. Allí la crisis me despierta, me empuja y me obliga ser honesto conmigo y comprender que yo hice la situación de separarme de mi familia, mi pareja, mis padres, mis amigos y mi universo.

Cuando entiendo que todos estamos conectados uno con el otro, dejo de luchar y bajo mi resistencia. Acepto que yo soy el creador de elecciones dañinas, que yo he decepcionado a mi familia, hiriéndoles y desilusionándome de no ser una unión en todas las dimensiones: económica por sobrevivencia desde la infancia, pertenencia cultural y física por herencia, etérico por costumbres, lazos emocionales desde los ancestros, mental por creencias y a nivel espiritual por haber elegido nuestro grupo familiar para mi aprendizaje y evolución. La brecha de separación que vivo en mi núcleo familiar lo tengo por separarme de mi mismo y lo remedio reconectándome con mi origen espiritual, con auto amor y así me acerco a los miembros de familia.

Nuestros miedos como otro ejemplo de ser abandonados los convertimos en proyecciones y para cubrirnos nosotros mismos, comenzamos a abandonar a los demás.
Cuando tengo el valor de realizar este inconsciente mecanismo de defensa o una manipulación consciente, en ambos casos estoy creando que tengo el derecho de conseguir en otro lado lo que me falta en mi carencia. Desde ahora soy consciente de mi deficiencia, de mis escases y carencias. Esto lo tengo bien claro. Los demás de la familia no son responsables de sacarme de mi miseria o de remediar mi sentimiento. Renuncio definitivamente de castigarles sutilmente con desamor, ignorancia, con silencio, con negligencia, rechazos y provocaciones.

El otro lado de la misma moneda es realizar que lo que me hace falta del otro miembro de la familia. Él no está obligado de dármelo. En conclusión me despierto a encargarme por mi propia insuficiencia y proporcionarme lo que anhelo. No esperar y reaccionar, más bien responsabilizarme de no abandonarme más y amarme de verdad. Estoy contento en todo caso, independiente de las posibilidades y limitaciones del otro. Eso es mi meta no cargar a los demás, ser auto-suficiente dentro del núcleo familiar, sin inferioridad o co-dependencia.
Mi imaginación del amor es diferente a lo que vivo en muchos casos. Por eso es bueno salir de los conceptos. Nadie necesita cumplir con mi invento de como quisiera ser tratado. Yo mismo puedo comenzar a relacionarme con los demás, del modo como me gusta vivir el amor familiar. Mis acciones, mi vibración es mi aporte al pequeño núcleo. Yo soy un eje.

Ahora que estoy limpiando mi historia, realizo que mi elección del pasado era causar conflictos, inseguridad, heridas, abandono y separaciones. La separación interior puede ser fuerte, la soledad a veces más fuerte con los seres familiares que realmente estar solos. La soledad como respuesta a no recibir lo que nos imaginamos, es un vacío emocional y espiritual. La soledad me puede llevar a la desesperación, adicción o depresión; es parte del proceso de la separación de lo espiritual. Me salgo de la propia depresión, subimos nuestra luz y vibración. Me elevo paso por paso a una nueva energía, un camino hacia la felicidad, independiente de como los demás actúan.

Practicaré con perseverancia a conquistar los propios pensamientos con positividad. Nutrirme en primer lugar con mi propio amor. Comprender que el amor no debe llegar del otro miembro de la familia, no es una obligación. No se puede forzar por la propia expectativa. Aceptar que hay personas, hasta en la propia familia que no saben expresar su cariño, entrega o compromiso. Esta incondicionalidad esperada del otro, es una proyección de la propia expectativa de nosotros mismos: vivir nuestro propio amor hacia nosotros mismos y hacia los otros de la familia.

Cuando comprendo eso, hago ahora mi auto-perdón. En mi vida familiar me disculpo de mis acciones y reacciones dañinas hacia los demás e inicio así nuestro proceso de sanación.
Ahora sé, que no se trata de seguir siendo exageradamente susceptibles o de cobrar derechos inapropiados. Todos somos merecedores de energías positivas, merecedores de ser cuidados, merecedores de amor, del perdón mutuo y de la evolución. Somos creadores de nuestro propio merecimiento, darnos lo mejor del más alto bien, otorgando a la vez en cada momento que logramos a mi propia familia y a mis hermanos del camino.

Seamos abundantes en proponer nuestro amor, en otorgar perdón para llegar a la propia paz conmigo mismo. Por ejemplo ahora cambiaré mi perspectiva y ver a mis padres con su niño interior sensible y afectado, que necesita ser amados, comprender su historia, tener compasión con su niñez y ternura con ellos como personas, y les perdono. Saber que yo les elegí porque eran perfectos para lo que yo necesitaba aprender. Les suelto a su libertad y a la vez me suelto a mi libertad.

Si me tomo a mí mismo en serio, salgo conscientemente de los juegos, corrigiéndome cada vez de nuevo, de juegos de control, poder, manipulación, juegos de no-seriedad, juego de ser el salvador y “tú necesitas ayuda, comprensión o cambiarte”, el juego de autosuficiencia y “ yo no te necesito”. Por la ley de atracción, recibiré esta proyección y me rechazan y me hacen sentir que no soy necesitado. Yo siembro este efecto y al revés también, cuando me libero de todos los juegos, comienzo a sembrar semillas de amor sincero. Mi intención de ser sincero llega a los demás y así cosecho lazos amorosos que me cuidan. Renunciar a toda clase de juegos es una clave esencial a la felicidad. Romper con costumbres y patrones familiares dañinos y ser el primero, que lo ejerce consecuentemente.

Estoy preparado con mi nueva decisión de rendirme y soltar las armas de la guerra, que sigo cultivando. Dejo de poner leña al fuego, que me consume, quema y acaba. Dejo mi orgullo. Estando conectado con el mundo espiritual comprendo que soy conectado con mi familia por una razón. Es un tiempo corto en este planeta para algunas experiencias importantes, que no vale la pena de destruir en lugar de aprovechar su mensaje de evolución, ver la imagen más grande. Cuando somos apoyo mutuo en las familias potenciamos nuestro poder innato para ser efectivos; desarmarnos de nuestra pelea.

Desinflo mi ego, para salir de la fuga de energía que amarra mi atención y me saca de la soledad para comenzar a cuidar a otros seres, nuestros vecinos y el planeta. ¿Qué es más importante, tener la razón o estar en paz? Si mi familia es el regalo divino que se me otorgó, lo cuidaré. Mi familia es mi sistema de soporte en varias dimensiones, aceptaré tal cual como es y nos sanaremos.

Este origen de mi ser, es la fuente de mi experiencia inicial, mi ejemplo para aprender el amor, el relacionamiento, el modo de comprender la vida. Confío que mi origen es el código natal que con cada crecimiento se reactiva y me encamina en mi misión. Lo integro en mi vida diaria. Cuando honro mi familia, comenzaré a honrar mi contexto comunitario, mis vivencias laborales y políticas, asimilaré mi tarea en mi familia social.

Si yo soy sincero, mi cambio va ser efectivo, va ser aceptado, no importa si los demás deciden de cambiarse ellos mismos. Respeto, que cada uno toma la decisión de su vida y desde su propia voluntad.

La intensidad y la necesidad del llamado a un cambio propio son inmensos en el contexto familiar. Nosotros nos identificamos con nuestros padres, tíos y abuelos. Por esta identificación entramos en crisis. “ Ser como ellos, nunca!!”, “ Les odio, les amo”; por resultado un caos de ambivalencias. Simplemente su presencia presiona en nosotros los puntos de activación. Ellos son espejos, también los esposos, hijos, nietos, primos y sobrinos. Vemos la herencia de costumbres, enfermedades, comportamientos, movimientos, expresiones, los cuales nos afectan.
Para no enfrentarlo, quiero cambiarlos a ellos, “es su problema, no el mío”. Para ser honesto es mi problema. La identificación con la familia, mi tribu es mi oportunidad de aprendizaje. Puedo identificar mis reacciones, interpretaciones, y perspectiva como mis errores.
Estoy aquí, por causa de mi familia. Ellos me dieron vida y la cuidaron. Enfoco el sentimiento de gratitud inmensa hacia mi familia ( sea padres, abuelos, hermanos, tios..etc). Cuando comprendo que este agradecimiento hacia todo lo que me acontece y llega desde la vida, cambio mi visión. Entiendo que además cambia mi movimiento de sangre y células, la mía y la de mi familia. Así inicio un proceso de sanación.

El perdón que sentimos hacia nosotros mismos de la visión anterior dañina y hacia cada uno de nuestra familia transforma nuestras relaciones, vidas y enfermedades. Cuando cambiamos así la relación hacia nosotros mismos con gratitud, perdón, vibramos más elevado y afectamos así todos nuestros cuerpos. La identificación con “nuestra sangre” comienza ser de aceptación, de transformación y sanación. Esta es la oportunidad que nos trae cada miembro de la familia: ser un espejo, un reto, un aprendizaje como el lazo más intenso de cualquier otra influencia o impulso. Nuestra experiencia de sanación será el contexto nuevo para nuestros hijos.

Ya no reacciono. Transformo mis prioridades, ya no es el individualismo, la carrera, los bienes, ni ser famoso. Mi pertenencia me importa, es mi raíz, mi contención espiritual, mi fundamento que me cuida, pasando por todos los espacios y tiempos. Abro mis puertas, encuentro paz en todo lo que hago. Soy creador. Los demás de mi familia también abren por resonar conmigo sus puertas hacia mí. Mi valentía a la transformación puede ser contagiosa sanadora. Si no lo es y seguirán guardando sus tabús y juicios, en todo caso cambiará con mi impulso la dinámica familiar. Los otros miembros de familia benefician en todo caso de aquello.

En mi viaje de sanación que surge paso por paso automáticamente incluyo a todos los miembros de mi familia. Mi sanación acontece en dimensiones invisibles y significa la sanación del otro. Mi paz interior es la paz de mi familia, mi núcleo como contexto interpersonal. Y por eso decido de contribuir, no importa mi edad, mi capacidad como individuo, a la seguridad emocional que cada uno necesita en mi familia. Esta re-conexión nos estructura interiormente y otorga estabilidad. Mi confiabilidad es recíproca, es mi origen divino, es mi fundamento.

Abro lentamente mis ojos, reconociendo mi poder interno. Estoy en paz conmigo mismo. Me siento centrado. Desde ahora doy mi aporte a mi familia como seguridad espiritual.

Fuente de publicación: facebook.com/amanda.straetker

Compartido por Psico-Salud

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