​LOS CALCETINES ROTOS

 

   Mi madre, durante la ausencia de mi padre, estaba tan ocupada en su tienda, que no tenía tiempo de ocuparse de mi ropa. Yo cepillaba el uniforme escolar y lavaba mi prendas íntimas… Quizás por mi manera de caminar, mis calcetines se rompían dejando al descubierto parte de mis curvos y claros talones.  Al ver esos bultillos asomando por el trasero de mis zapatos, mis compañeros de curso, entre risas despreciativas, gritaban a mi paso: “¡Se le ven las papas!” En lugar de carne veían dos trozos de tubérculo. Esta burla colectiva me humillaba.  Cuando se me hizo insoportable, decidí hablar con “Doña Sara”. 

    -Mamá, perdona que te haga perder tiempo, pero ya no puedo soportar las burlas de mis compañeros. Mira mis talones, por estos agujeros asoman mis “papas”. Me dan vergüenza.  ¿Podrías darme unos calcetines nuevos?

    -Alejandrito, no hay que hacer gastos inútiles, si rompiste esos calcetines, a los nuevos, rápidamente, también los romperás. Cuando cierre la tienda, esta misma noche, aunque pierda un par de horas de sueño, te zurciré esos dos agujeros.

    Y así lo hizo. A la mañana siguiente, como de costumbre, susurrándome una deliciosa melodía, me despertó-.Yo, sin abrir los ojos, saqué los pies por entre las frazadas y casi ronroneando de placer dejé que me colocara los calcetines. Siempre con los ojos cerrados, dando bostezos, me entregué al placer de ser vestido por mi madre.

    Muy seguro de mí mismo, con expresión de orgullo,  entré en mi escuela. Volví a escuchar las risas burlonas y los “¡Se le ven las papas!”. ¿Qué está pasando? ¿Porqué siguen molestándome, si doña Sara me zurció los calcetines?

    Miré mis pies y comprendí.

    No entré furioso en la tienda porque amaba tanto a mi buena madre que no podía enojarme con ella. Pero si le dije con tristeza:

   -Mamá, quizás por el cansancio, no te diste cuenta que me zurcías los calcetines con hilo del color de mi carne. 

   -Sí me di cuenta, lo hice a propósito. Me di el trabajo de zurcirlos para que vieras que no te abandono, pero quise que aprendieras a nunca ocultar lo que eres. Esos niños crueles solo te pueden humillar si tú sientes humillado. ¿Por qué te avergüenzas de mostrar tus talones?  Tu cuerpo es una parte de tu alma, y tu alma es un resplandor sublime. El sol no se preocupa de tener manchas, brilla sin preocuparse de la opacidad de los planetas.

   A la mañana siguiente entré en la escuela y sin hacer caso de las burlas, en la clase de lectura, sin cometer ningún error, ni tartamudear, ni avanzar con lentitud de tortuga como lo hacían mis compañeros burlones,  leí con velocidad vertiginosa unas páginas de  “El llamado de la selva” de Jack London. Mi profesor, que me había escuchado con intensa sorpresa y admiración, de inmediato me hizo pasar a un curso superior, donde compañeros de curso, sin fijarse en el estado de mis calcetines,  compartieron conmigo el placer de muchas lecturas.

Alejandro Jodorowsky

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