​EL HOMBRE QUE ODIABA TRABAJAR

Había una vez, en uno de esos monstruosos y malsanos abigarramientos de edificios que en aquella época se llamaban “ciudades”, un hombre que odiaba trabajar. Como todos los adiposos seres de aquel entonces, le gustaba llenarse la panza de asquerosas carnes y alcoholes, y rodearse de objetos de lujo como computadoras, automóviles, adornos y hediondos papeles llamados “dólares”. Para poder llenar su casa de muebles y objetos valiosos, que sólo servían para dar envidia a sus congéneres, comenzó a robar. Lo que primero fue una necesidad, más tarde se convirtió en placer para terminar siendo un vicio: tenía que penetrar cada noche en casas ajenas y hurtar, sino se enfermaba. En cierta ocasión un atentado terrorista causó desperfectos en la Central Eléctrica y toda la venenosa ciudad quedó a oscuras. Nuestro ladrón celebró el apagón y salió a recorrer las calles de su barrio para, aprovechando el caos, realizar mejor que nunca sus fechorías. La oscuridad era tan densa que pronto se perdió. Guiado por su desarrollado oído, escogió una casa donde no se oyeran ruidos y fácilmente penetró en ella por una ventana. Llenó su saco con cuanto tesoro encontró su ávido tacto. Después, dejó su firma: hizo sus necesidades sobre lo que supuso era una alfombra finísima. Eso no le bastó: lanzando carcajadas diabólicas, prendió fuego a las cortinas provocando un incendio. Huyó para sentarse en la calle a ver surgir las grandes llamaradas. De pronto un grito sordo le llenó la garganta y comenzó a llorar amargamente. ¡Se dio cuenta que, desorientado por la oscuridad, había entrado a robar en su propia casa!

COMENTARIO
El ser humano, como individuo, es mortal, pero como raza humana puede ser inmortal. Todo lo que “yo” no puede, es capaz de lograrlo “nosotros”. Es útil revisar nuestros pensamientos egoístas para trascenderlos y comenzar a actuar con conciencia de que lo que le sucede a los otros nos sucede a nosotros mismos. 
Todo lo que hacemos en la vida, aunque sea para otros, lo hacemos para nosotros mismos: si provocamos el mal, recibimos el mal. Si realizamos el bien, recibimos ese bien. Cuando perdemos el respeto a los demás, terminamos enlodando a nuestro propio ser… Algunas naciones poderosas, para lograr sus egoístas fines, no trepidan en ensangrentar países más débiles, sin darse cuenta que esas hecatombes serán causa del fin de sus imperios.

Alejandro Jodorowsky

Psico-Salud

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