No somos tan diferentes a un árbol

Los árboles, como los humanos, están marcados por su infancia, por los días en que no fueron más que un brote en la tierra. Su historia se manifiesta en los anillos de crecimiento. Los años buenos producen un anillo ancho, los de escasez, uno delgado (…)”

Los anillos de crecimiento se forman con el ciclo de las estaciones, con los periodos de vigilia y descanso de la frágil capa de células que separa la corteza y la madera nueva, el cámbium. Éstas células son embrionarias y se dividen constantemente para aumentar la circunferencia del árbol. En primavera, cuando los capullos detectan que los días son más largos y la savia empieza a ascender por el tronco, el cámbium genera células propias de periodos de abundancia, grandes, conductos más anchos que transportan el agua hacia las hojas. Son estas líneas lo que se cuenta cuando se quiere conocer la edad de un árbol. Esta parte del anillo anual se conoce como ‘madera temprana’. En verano, los nutrientes y el agua son más escasos y el cámbium produce células más pequeñas y densas, la ‘madera tardía’. Cuando los días se hacen más cortos y las hojas empiezan a caer, el cámbium se prepara para el descanso del invierno y detiene el proceso de división celular.
Robin Wall Kimmerer. Botánica del pueblo originario Potawatomi.
(Una trenza de hierba sagrada).

Diego Van

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